9/02/2016

CAE SIETE VECES, LEVÁNTATE OCHO (Proverbio japonés)

¡Queridos Freezers!

Hoy quiero reflexionar sobre las caídas y las levantadas. 

¿Cuántas veces os habéis caído al suelo? ¿Cuántas veces os habéis sentido superados y derrotados por las circunstancias, los problemas o las discusiones?

La vida, más tarde o más temprano, te hace caer para que aprendas a levantarte. Es una de sus grandes lecciones.

La primera vez duele. Y mucho. Pero ya se sabe que lo que no te mata te hace más fuerte, y el tiempo acaba curando todas las heridas.

Con el avanzar de los latidos pueden llegar a suceder dos cosas. Que cada caída te haga más daño y sientas que tu corazón está a punto de estallar para siempre o que tras el golpe tardes menos tiempo en levantarte.

Lo que está claro es que siempre sacamos la fuerza interior que llevamos dentro y tras haber estado un ratito de rodillas acabamos por levantarnos de nuevo, con la cabeza bien erguida, el puño en alto, a veces sonriendo, otras sin embargo con el alma repleta de nuevas cicatrices. Está en nuestra naturaleza sobrevivir hasta el último suspiro.

Aunque muchos ceden ante la presión y prefieren reptar por el suelo antes que ponerse de pie, creo que la mayoría acabamos convirtiéndonos en malabaristas. 

El ser humano es cabezota, ansioso, tan pesimista como optimista, creyente de la esperanza, del cambio, de la resistencia. O al menos la mayoría. ¿No me creéis? ¡Poned el telediario! La gran mayoría seguimos resistiendo aunque intenten pisotearnos de la manera que sea. 

Hay quienes tropezamos con la misma piedra tantas veces que al caernos ya no nos duele como la primera vez. 

¿Os ha pasado? ¿Sentir que en algunas cosas avanzamos, pero en otras seguimos anclados?

La primera vez que te caes es devastadora, pero después aprendes a elevarte y encontrarle incluso el lado bueno a esos errores perpetuos. 

El sentimiento que te deja en la piel es como cuando te golpeas con un muro de piedra invisible. La primera vez te duele de cojones pero a medida que te golpeas una y otra vez el dolor se adormece hasta que pierdes la consciencia y ya no sientes nada.

Puede que sea justo eso, que con el paso de los años nos volvemos un poco más inconscientes, más peligrosos, un poco más locos, y por eso ya no sentimos el dolor de la misma manera. Con el tiempo las heridas no son tan profundas, aprendes a pasar, a que ciertas cosas te resbalen, a anestesiarlas con recuerdos y sonrisas.

Qué importantes son las sonrisas ¿verdad? 

Dice un proverbio japonés que si te caes siete veces has de levantarte ocho. 

En mi caso, ya perdí la cuenta de las veces que me tropecé con algunos muros.

Llamadme gilipollas por no aprender, pero sigo tropezando.

Y estoy segura de que vosotros también tenéis ese muro invisible con el que os seguís dando de hostias de vez en cuando.

Tropezar.

Caer.

Levantarnos de nuevo.

En ello estamos cada uno de nosotros, en cada uno de los días de nuestra vida. Porque llegamos al mundo para vivirla, para exprimirla, para luchar por conseguir todo aquello que nos proponemos, para ser guerreros. Y la vida no es fácil. Nos pone pruebas constantemente.

Guerreros de la vida y de los sueños. 

Y tanto la vida como los sueños son de las cosas más difíciles que nos vamos a encontrar. Si no fuera así, estoy segura de que no serían tan gratificantes.

Por ese motivo tenemos que luchar, dejarnos la piel, el sudor y las lágrimas por el camino de nuestro trasegar. Por eso debemos resistir, perseverar, lanzarnos hacia el cielo cuando rozamos el suelo. Por eso es obligatorio sacar nuestro carácter orgulloso y seguir peleando. 

Porque no importan las metas, importa el camino que recorremos y las personas que nos acompañan. Porque no importan las veces que caigamos al suelo, lo que de verdad cuenta es cómo nos levantamos y que una vez tras otra sigamos poniéndonos en pie. Sin ser cobardes, sin rendirnos, sin dejarnos vencer.

No importan las batallas perdidas, la única verdadera derrota es aquella cruzada que no se lucha dando todo de nosotros mismos.

No importa el dolor. El dolor es algo psicológico. Lo que ha de primar son las gotas de nuestra sangre tintineando con el latir del corazón.

Si nos caemos siete veces tendremos que levantarnos ocho. Diez. Mil. Infinitas. 

Solo así podremos llamarnos guerreros. 

¿Qué me decís? 

¿Peleamos? ¿Somos guerreros? ¿Aprendemos a aguantar los golpes y a sacar los puños para hacer frente a las adversidades? 

¡No porque lo diga un proverbio japonés! ¡Sino porque nosotros lo valemos!

¡Un copito caricia!

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